Lo conocí por referencia, una amiga común nos sugirió
amistad en FB, la forma actual en que las personas establecen conexiones. Ni él
ni yo nos hubiéramos “seguido” bajo otras circunstancias, ambos demasiado
orgullosos para dejar entrever un especial interés por alguien que no parecía ser demasiado relevante.
Como todos, tengo sentimientos, pero soy demasiado
terca como para hacerles caso si no les veo posibilidades de florecer, y tiendo a dejarlos morir de inanición. Porque
los sentimientos se nutren de recuerdos y soy experta en dejar de recordar.
Si algún día me ven llorar, lo más probable es que sea de
cólera, como bien lo sabía mi madre. Ella, cuando ya siendo yo adulta me
veía hacerlo, tendía a molestarse por anticipado. Sabía que por lo general, lloro
cuando me siento indignada, impotente, colérica y casi siempre la causa era
alguno de nuestros frecuentes desacuerdos. La tristeza no suele ser causa de
mis exabruptos y no recuerdo muchas ocasiones en que me haya sentido abrumada
por ese sentimiento.
La tristeza es derrota; la ira se rebela y actúa. Me quedo
con la ira que al menos jode más a los demás que a uno mismo.
Desde un inicio fue una atracción intensa. Viéndolo
en retrospectiva, esa condición no era ajena o inusual para él. Pero para mí,
la escéptica, la racional, nunca había existido alguien capaz de convencerme de
la atracción instantánea. Y fue un movimiento sismíco, una hecatombe atómica,
un meteoro incontrolable. Durante menos de quince días.
Luego de quince días, simplemente me envió un correo en
donde expresaba que, bajo la excusa de tener una novia formal (sí, claro, lo
sabía yo desde el principio y él desde siempre), ya no podía verme. Entiendo
que empecé a resultar incómoda. Y me indignó. No era justo. No era honesto.
Sobre todo, no era lo que yo quería.
Pero me tragué mis palabras y acepté la situación. Aunque
por las noches lloraba de enojo, de indignación, de dolor de ego.
Nos seguimos viendo ocasionalmente. Me fastidiaba la idea de mantener una relación clandestina, pero me gustaba más él. Me convencí a mí misma que debía terminar una relación mediocre. Tuiteé una foto de su cepillo de dientes en el basurero. Luego me enteré que la vio y lo resintió.
Busqué salidas por otros medios. Tuve algunos amoríos transitorios que me convencieron más de que tal vez la aventura con él no había sido tan mala después de todo.
Un día me mandó un texto, diciendo que me extrañaba. Me temblaron las piernas. Volvimos a vernos.
Seguimos en la clandestinidad. No sabía yo entonces que él tenía otras relaciones paralelas, secretas, por supuesto. Lo supe alrededor de año y medio después, porque pactamos que nos diríamos la verdad; cosa que hasta donde yo sé, se ha cumplido aunque con un año de diferencia (ese plazo lo estableció él unilateralmente para asegurarse de que mi reacción sería menos intensa).
Dejó a la novia que tenía y las relaciones paralelas de entonces se extinguieron. Igual, seguimos siendo clandestinos o por lo menos jamás nos presentamos como pareja. Es chistoso que luego de una larga noche de intimidad, salgamos a la calle y nos tratemos como amigos distantes. Es chistoso que sus amigos no sepan de mí. Es chistoso que siendo la relación más cercana a mí, mis demás amigos no lo conozcan (¿para qué?). Es chistoso que le tenga tanto miedo a que lo asocien a mí, aunque algunos lo hagan de cuando en cuando.
Nunca se preocupó por indagar sobre mí. Creo que es de esas personas que han decidido tomar la vida como venga y bueno, allí he estado yo, frente a (o debajo de) él. No he tenido derecho de nada (ni quiero), no ha exigido tener derecho a nada (ni quisiera que lo tuviera). Digamos que es una relación completamente libre.
Sé cuánto le hace falta la adrenalina de la cacería y yo ya soy presa cazada. Pero eso no ha sido impedimento para desarrollar una amistad profunda y sincera. Amistad de camaradas, de cómplices, de gente que se comparte secretos y se dice las verdades (por lo general él tiene pocas verdades que decirme, porque seamos francos, le importa poco analizarlas). Somos todo lo que un amor romántico no es. Pero imagino que podríamos llegar a viejos siendo así de amigos.
De veintemil formas me ha hecho ver que no quiere hacer vida conmigo. No soy su ideal de belleza, no soy su ideal de mujer. Pero soy su amiga, y entiendo que, de alguna manera, eso sustenta.
Tampoco espera que lo atienda como si fuera su mujer.
Creo que la lealtad y el entusiasmo de mi parte no son completamente correspondidos. No me importa, tal vez me satisface más tener la posibilidad de compartir. Y si persisto es porque me complace y me da la gana, esas son las cosas que yo hago con mi libertad.
Así como él espera una beldad que lo complemente (creo yo, aunque si uno le pregunta lo niega rotundamente); yo intento encontrar siempre excusas para querer seguir viviendo. Esperar, como esperar, solo espero a la muerte para verla de frente y que entonces me lleve de un zarpazo súbito y fulminante.
No sabe qué color me gusta, no le interesa mi talla de pantalón, no quiere saber si estoy gorda o delgada. No quiere apegarse a mí, porque soy, a sus ojos un personaje temporal en su historia (lo que todos somos en la historia de los demás, pero a él le gusta la idea). La historia que, por supuesto, terminará cuando esa beldad despampanante de mente privilegiada que hasta ahora ha sido inalcanzable le conceda la gracia de su amor. (Sigo sin entender qué significa eso, quizás él lo sepa mejor).
Él sigue de depredador de más o menos lo que se atraviese. Yo sigo observando, consciente de que alguien podría decir que merezco algo mejor, pero más consciente aún de que "algo mejor" es un término subjetivo.
Aunque nunca tengo demasiado tiempo para el tedio, porque ese fue uno de los primeros compañeros que aprendí a esquivar, siempre se agradece una expresión simpática, una comparación atinada, un ingenioso juego de palabras. Se agradece que me vea como una igual (o eso creo) y no ser tratada con condescendencia. Se agradece el tiempo que bien podría él perder en otras cosas. Se agradece que teniendo todo para alejarse, no lo haga.
No somos nada. Esto no es amor. Es solo la vida, tan prosaica como la de cualquiera, transcurriendo ante nosotros. La vida, siempre agridulce, sin finales felices y sin condiciones permanentes.