martes, 6 de mayo de 2014

The time for writing

The time for writing
Has come at last
Reality became clear
And everything fell in place.

No need to hear excuses;
no use for me to complain.
I – we – both knew what
to ask for… what to expect.

Though I wanted to believe
in things that were not to be
Fate is always inexorable
and wit finally enlightened me.

I hope that everything goes well,
that everything comes alright;
though my wishes seem futile
when all’s so far from my hands.

Something I know for good:
I’ll be better after all,
With no duties and no ties;

with only the awe in my eyes.

I complain

I complain
Because the moon is green
Because the sun is black
Because the grass is wet
Because of the red in Mars

I complain
To no use at all

I complain
‘Cause won’t see him soon
Because of my longing angst;
Because our light is dim;
Because he won't stare back

I complain

To no use at all

Esperanza

Hoy amanecí… expectante. Sí, claro, ¿cómo no?

Espero un bebé. Aún no le he dado la noticia a mi marido, pero con seguridad, se sentirá feliz… Primero, la casa, con su jardín espacioso y su pérgola de cuento de hadas. De ensueño, para mi esposo; claro está… La fantasía estaba casi completa. Él ya tiene planeado hasta el nombre del niño, cuya existencia aún ignora. Se llamará Benedicto, como el Papa.

Y de seguro, debería estar feliz yo también. Pero el hecho es que siento como que si se hubiera corrido el cerrojo; como si el túnel se hubiera alargado. Y es que, hasta ahora, todo ha sido perfecto: la pareja perfecta, la boda perfecta, la casa perfecta, el carro perfecto… Y sin embargo, creo que nada, del todo, es perfecto.

Cuando veo a mi esposo, a la par mía, no puedo dejar de pensar en cuán separados estamos, en cuán común es, a pesar de sus bellas facciones. Es una persona normal, como casi todos lo somos. Como yo. No puedo ignorar cuánto estamos viviendo una fantasía colectiva; en la que somos intérpretes, pero no autores. Me gustaría estar segura, al menos, de que lo que quiero es a él; no a la imagen de él que forma parte de la historia.

Antes de casarnos, compartía con él la visión de cuento de hadas que todos nos hacían creer. Luego de reflexionar, creo que eso fue lo que hizo que me escogiera entre todas las chicas que le rodeaban: algo atractiva y convenientemente, no demasiado brillante o de alguna otra forma sobresaliente. Una commodity.

Todas las expectativas se han cumplido; y yo, lamento decirlo, siento estar en medio de un gran pantano con arenas movedizas. Allí me he sumergido, y la esperanza que tenía –irracional- de salir, ha terminado de desaparecer.

Debería estar viviendo la conclusión perfecta al cuento clásico: se casaron y vivieron muy felices… Pero yo, ingrata de mí, no me siento exactamente muy feliz; sino más bien entre entumecida y alarmada. Siento que empiezo a andar sobre un terreno desconocido.

Si el bebé es niña, me gustaría ser yo quien escoja su nombre. Me gustaría llamarla “Esperanza”. Un intercambio justo.

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Frente a él, un océano de vacíos y esperanzas. Renovado, bullía dentro de él el deseo de fundirse en el torbellino primigenio, creador inexorable.

Tras de sí, huellas que eran ya recuerdos. A lo lejos, algunos se dispersaban; otros le miraban, expectantes. Aventurándose, dio el primer paso, sin dejar de asombrarse al observar cómo el espacio se aglutinaba, nuevo, en torno a sus pies. El tiempo contenía el aliento.

La voz de la eternidad, apenas audible, presagiaba el desafío.

La niña

La madre terminó de preparar la comida, y satisfecha de haber completado la tarea empezó a limpiar la cocina, que ya de por sí estaba muy limpia. Los azulejos se veían blancos y el piso reluciente. Por la ventana podía ver al grupo de chicos jugando fútbol en el campo frente a la casa.

Aún cuando ella no lo apreciara, su hija adolescente era de los mejores entre los improvisados jugadores. Un observador más objetivo podría haber notado que la niña no parecía tener miedo de lastimarse, ejecutando jugadas arriesgadas con bastante habilidad. Cuatro de los cinco goles que había anotado el equipo eran suyos. Todos los demás integrantes eran jovencitos, casi todos  mayores que ella; amigos de su hermano.

La niña empezaba a verse más como mujer; y no había manera de que la madre la convenciera de actuar con recato entre el grupo de varones que solía acompañarla.

Las vecinas creían que practicaba deporte para llamar la atención de los muchachos. La realidad es que ella buscaba el reto que presentaba jugar con rivales dignos de su esfuerzo. Se consideraba igual que los demás.

La práctica habitual del deporte empezaba marcar los músculos en sus piernas y brazos. Físicamente, su fuerza y destreza eran comparables a la los chicos, que no podían evitar reconocerlo. Por un lado, admiraban su habilidad  y por otro se esforzaban en tratarla con cierta displicencia, fingiendo que la tenían en el mismo plano que a las demás chicas. Para muchos era objeto de fantasías, pero ninguno se atrevía a mostrar la menor intención de conquista, teniéndola por inalcanzable.

El hermano era un chico como todos. Pálido, de ojos marrones, alto. Gozaba de algún grado de popularidad, tanto entre sus compañeros como con las jovencitas; y sin interés alguno respecto a las excentricidades de su hermana. Irónicamente, era ella quien lo defendía frente a otros muchachos mayores, tipos pendencieros que ocasionalmente lo acosaban; haciéndolos quedar como tontos en duelos de ingenio que ella con facilidad ganaba.

Su independencia desconcertaba a la madre. Cierto era que el sentido de justicia y el valor que solía mostrar su hija llamaban su atención, pero la mujer temía que tarde o temprano esas actitudes le acarrearan problemas.

Eran ya las seis y treinta de la tarde. La madre abrió la puerta de la cocina, y llamó a sus hijos a comer. Un rato después, ambos entraron corriendo, limpiándose rápidamente los zapatos enlodados en la alfombra a la par de la puerta.

       - ¡Me muero del hambre! Dijo la niña. ¿Qué hay de comer?
        - Pasta con salsa, como te gusta.

Al entrar, la jovencita encontró sobre la mesa dos platos; con cantidades sustancialmente diferentes de comida. Sin pensarlo mucho, y en vista del hambre que sentía,  escogió el plato con más comida y se sentó frente a él. En ese momento, la madre llamó su atención:

. ¡Ese es el lugar de tu hermano! Dijo con  una mirada implacable.

Sin decir nada más, la niña se levantó de la silla donde se había sentado,  para cambiarse al lugar donde estaba el otro plato. Comió en silencio. Sabía por experiencia que protestar no cambiaría nada.

En su mente, resentía la injusticia, pero sabía tenía a su favor muchos recursos. No sería una víctima indefensa… ¿con que querían a una criatura delicada y vulnerable, no era así? Una sonrisa socarrona se dibujó en sus labios.

Terminó su comida, y luego subió a su habitación. No quería pensar en su madre, siempre supeditada a lo que su padre dijera; ni en su hermano, quien,  aunque le demostraba simpatía, nunca asumía compromisos.

Entró al cuarto de baño, y cerró la puerta. Se quitó la ropa, y el espejo reflejó la imagen de una espléndida mujer. Allí, en su pecho se veían cicatrices de ocasiones anteriores. Tomó la hoja de afeitar, y con destreza, la hundió en su piel, mientras la sangre fluía sobre su abdomen. En ese momento, la frustración y la rabia se esfumaron, mientras el dolor distraía su mente y la hacía sentir en control, liberándola. Saturó unos algodones con alcohol y los colocó encima de la herida, sintiendo el exquisito dolor sobre su vientre.