Hoy amanecí… expectante. Sí, claro, ¿cómo no?
Espero un bebé. Aún no le he dado la noticia a mi marido, pero con seguridad, se sentirá feliz… Primero, la casa, con su jardín espacioso y su pérgola de cuento de hadas. De ensueño, para mi esposo; claro está… La fantasía estaba casi completa. Él ya tiene planeado hasta el nombre del niño, cuya existencia aún ignora. Se llamará Benedicto, como el Papa.
Y de seguro, debería estar feliz yo también. Pero el hecho es que siento como que si se hubiera corrido el cerrojo; como si el túnel se hubiera alargado. Y es que, hasta ahora, todo ha sido perfecto: la pareja perfecta, la boda perfecta, la casa perfecta, el carro perfecto… Y sin embargo, creo que nada, del todo, es perfecto.
Cuando veo a mi esposo, a la par mía, no puedo dejar de pensar en cuán separados estamos, en cuán común es, a pesar de sus bellas facciones. Es una persona normal, como casi todos lo somos. Como yo. No puedo ignorar cuánto estamos viviendo una fantasía colectiva; en la que somos intérpretes, pero no autores. Me gustaría estar segura, al menos, de que lo que quiero es a él; no a la imagen de él que forma parte de la historia.
Antes de casarnos, compartía con él la visión de cuento de hadas que todos nos hacían creer. Luego de reflexionar, creo que eso fue lo que hizo que me escogiera entre todas las chicas que le rodeaban: algo atractiva y convenientemente, no demasiado brillante o de alguna otra forma sobresaliente. Una commodity.
Todas las expectativas se han cumplido; y yo, lamento decirlo, siento estar en medio de un gran pantano con arenas movedizas. Allí me he sumergido, y la esperanza que tenía –irracional- de salir, ha terminado de desaparecer.
Debería estar viviendo la conclusión perfecta al cuento clásico: se casaron y vivieron muy felices… Pero yo, ingrata de mí, no me siento exactamente muy feliz; sino más bien entre entumecida y alarmada. Siento que empiezo a andar sobre un terreno desconocido.
Si el bebé es niña, me gustaría ser yo quien escoja su nombre. Me gustaría llamarla “Esperanza”. Un intercambio justo.
Justo lo que sentía en mi matrimonio. Si todo era tan "perfecto" ¿Por qué no era feliz? No cabe duda de que la perfección no siempre trae la felicidad.
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