lunes, 25 de septiembre de 2017

No es amor

Lo conocí por referencia, una amiga común nos sugirió amistad en FB, la forma actual en que las personas establecen conexiones. Ni él ni yo nos hubiéramos “seguido” bajo otras circunstancias, ambos demasiado orgullosos para dejar entrever un especial interés por alguien que no parecía ser demasiado relevante.

Como todos, tengo sentimientos, pero soy demasiado terca como para hacerles caso si no les veo posibilidades de florecer, y tiendo a dejarlos morir de inanición. Porque los sentimientos se nutren de recuerdos y soy experta en dejar de recordar. 

Si algún día me ven llorar, lo más probable es que sea de cólera, como bien lo sabía mi madre. Ella, cuando ya siendo yo adulta me veía hacerlo, tendía a molestarse por anticipado. Sabía que por lo general, lloro cuando me siento indignada, impotente, colérica y casi siempre la causa era alguno de nuestros frecuentes desacuerdos. La tristeza no suele ser causa de mis exabruptos y no recuerdo muchas ocasiones en que me haya sentido abrumada por ese sentimiento.

La tristeza es derrota; la ira se rebela y actúa. Me quedo con la ira que al menos jode más a los demás que a uno mismo.

Desde un inicio fue una atracción intensa. Viéndolo en retrospectiva, esa condición no era ajena o inusual para él. Pero para mí, la escéptica, la racional, nunca había existido alguien capaz de convencerme de la atracción instantánea. Y fue un movimiento sismíco, una hecatombe atómica, un meteoro incontrolable. Durante menos de quince días.

Luego de quince días, simplemente me envió un correo en donde expresaba que, bajo la excusa de tener una novia formal (sí, claro, lo sabía yo desde el principio y él desde siempre), ya no podía verme. Entiendo que empecé a resultar incómoda. Y me indignó. No era justo. No era honesto. Sobre todo, no era lo que yo quería.


Pero me tragué mis palabras y acepté la situación. Aunque por las noches lloraba de enojo, de indignación, de dolor de ego.

Nos seguimos viendo ocasionalmente. Me fastidiaba la idea de mantener una relación clandestina, pero me gustaba más él. Me convencí a mí misma que debía terminar una relación mediocre. Tuiteé una foto de su cepillo de dientes en el basurero. Luego me enteré que la vio y lo resintió.

Busqué salidas por otros medios. Tuve algunos amoríos transitorios que me convencieron más de que tal vez la aventura con él no había sido tan mala después de todo. 

Un día me mandó un texto, diciendo que me extrañaba. Me temblaron las piernas. Volvimos a vernos.
Seguimos en la clandestinidad. No sabía yo entonces que él tenía otras relaciones paralelas, secretas, por supuesto. Lo supe alrededor de año y medio después, porque pactamos que nos diríamos la verdad; cosa que hasta donde yo sé, se ha cumplido aunque con un año de diferencia (ese plazo lo estableció él unilateralmente para asegurarse de que mi reacción sería menos intensa).

Dejó a la novia que tenía y las relaciones paralelas  de entonces se extinguieron. Igual, seguimos siendo clandestinos o por lo menos jamás nos presentamos como pareja. Es chistoso que luego de una larga noche de intimidad, salgamos a la calle y nos tratemos como amigos distantes.  Es chistoso que sus amigos no sepan de mí. Es chistoso que siendo la relación más cercana a mí, mis demás amigos no lo conozcan (¿para qué?). Es chistoso que le tenga tanto miedo a que lo asocien a mí, aunque algunos lo hagan de cuando en cuando.

Nunca se preocupó por indagar sobre mí. Creo que es de esas personas que han decidido tomar la vida como venga y bueno, allí he estado yo, frente a (o debajo de) él. No he tenido derecho de nada (ni quiero), no ha exigido tener derecho a nada (ni quisiera que lo tuviera). Digamos que es una relación completamente libre.

Sé cuánto le hace falta la adrenalina de la cacería y yo ya soy presa cazada. Pero eso no ha sido impedimento para desarrollar una amistad profunda y sincera. Amistad de camaradas, de cómplices, de gente que se comparte secretos y se dice las verdades (por lo general él tiene pocas verdades que decirme, porque seamos francos, le importa poco analizarlas).  Somos todo lo que un amor romántico no es. Pero imagino que podríamos llegar a viejos siendo así de amigos.

De veintemil formas me ha hecho ver que no quiere hacer vida conmigo. No soy su ideal de belleza, no soy su ideal de mujer. Pero soy su amiga, y entiendo que, de alguna manera, eso sustenta.
Tampoco espera que lo atienda como si fuera su mujer. 

Creo que la lealtad y el entusiasmo de mi parte no son completamente correspondidos. No me importa, tal vez me satisface más tener la posibilidad de compartir. Y  si persisto es porque me complace y me da la gana, esas son las cosas que yo hago con mi libertad. 

Así como él espera una beldad que lo complemente (creo yo, aunque si uno le pregunta lo niega rotundamente); yo intento encontrar siempre excusas para querer seguir viviendo. Esperar, como esperar, solo espero a la muerte para verla de frente y que entonces me lleve de un zarpazo súbito y fulminante.

No sabe qué color me gusta, no le interesa mi talla de pantalón, no quiere saber si estoy gorda o delgada. No quiere apegarse a mí, porque soy, a sus ojos un personaje temporal en su historia (lo que todos somos en la historia de los demás, pero a él le gusta la idea). La historia que, por supuesto, terminará cuando esa beldad despampanante de mente privilegiada que hasta ahora ha sido inalcanzable le conceda la gracia de su amor. (Sigo sin entender qué significa eso, quizás él lo sepa mejor).

Él sigue de depredador de más o menos lo que se atraviese. Yo sigo observando, consciente de que alguien podría decir que merezco algo mejor, pero más consciente aún de que "algo mejor"  es un término subjetivo.

Aunque nunca tengo demasiado tiempo para el tedio, porque ese fue uno de los primeros compañeros que aprendí a esquivar, siempre se agradece una expresión simpática, una comparación atinada, un ingenioso juego de palabras. Se agradece que me vea como una igual (o eso creo) y no ser tratada con condescendencia. Se agradece el tiempo que bien podría él perder en otras cosas. Se agradece que teniendo todo para alejarse, no lo haga. 
No somos nada. Esto no es amor. Es solo la vida, tan prosaica como la de cualquiera, transcurriendo ante nosotros. La vida, siempre agridulce, sin finales felices y sin condiciones permanentes.

martes, 6 de mayo de 2014

The time for writing

The time for writing
Has come at last
Reality became clear
And everything fell in place.

No need to hear excuses;
no use for me to complain.
I – we – both knew what
to ask for… what to expect.

Though I wanted to believe
in things that were not to be
Fate is always inexorable
and wit finally enlightened me.

I hope that everything goes well,
that everything comes alright;
though my wishes seem futile
when all’s so far from my hands.

Something I know for good:
I’ll be better after all,
With no duties and no ties;

with only the awe in my eyes.

I complain

I complain
Because the moon is green
Because the sun is black
Because the grass is wet
Because of the red in Mars

I complain
To no use at all

I complain
‘Cause won’t see him soon
Because of my longing angst;
Because our light is dim;
Because he won't stare back

I complain

To no use at all

Esperanza

Hoy amanecí… expectante. Sí, claro, ¿cómo no?

Espero un bebé. Aún no le he dado la noticia a mi marido, pero con seguridad, se sentirá feliz… Primero, la casa, con su jardín espacioso y su pérgola de cuento de hadas. De ensueño, para mi esposo; claro está… La fantasía estaba casi completa. Él ya tiene planeado hasta el nombre del niño, cuya existencia aún ignora. Se llamará Benedicto, como el Papa.

Y de seguro, debería estar feliz yo también. Pero el hecho es que siento como que si se hubiera corrido el cerrojo; como si el túnel se hubiera alargado. Y es que, hasta ahora, todo ha sido perfecto: la pareja perfecta, la boda perfecta, la casa perfecta, el carro perfecto… Y sin embargo, creo que nada, del todo, es perfecto.

Cuando veo a mi esposo, a la par mía, no puedo dejar de pensar en cuán separados estamos, en cuán común es, a pesar de sus bellas facciones. Es una persona normal, como casi todos lo somos. Como yo. No puedo ignorar cuánto estamos viviendo una fantasía colectiva; en la que somos intérpretes, pero no autores. Me gustaría estar segura, al menos, de que lo que quiero es a él; no a la imagen de él que forma parte de la historia.

Antes de casarnos, compartía con él la visión de cuento de hadas que todos nos hacían creer. Luego de reflexionar, creo que eso fue lo que hizo que me escogiera entre todas las chicas que le rodeaban: algo atractiva y convenientemente, no demasiado brillante o de alguna otra forma sobresaliente. Una commodity.

Todas las expectativas se han cumplido; y yo, lamento decirlo, siento estar en medio de un gran pantano con arenas movedizas. Allí me he sumergido, y la esperanza que tenía –irracional- de salir, ha terminado de desaparecer.

Debería estar viviendo la conclusión perfecta al cuento clásico: se casaron y vivieron muy felices… Pero yo, ingrata de mí, no me siento exactamente muy feliz; sino más bien entre entumecida y alarmada. Siento que empiezo a andar sobre un terreno desconocido.

Si el bebé es niña, me gustaría ser yo quien escoja su nombre. Me gustaría llamarla “Esperanza”. Un intercambio justo.

41

Frente a él, un océano de vacíos y esperanzas. Renovado, bullía dentro de él el deseo de fundirse en el torbellino primigenio, creador inexorable.

Tras de sí, huellas que eran ya recuerdos. A lo lejos, algunos se dispersaban; otros le miraban, expectantes. Aventurándose, dio el primer paso, sin dejar de asombrarse al observar cómo el espacio se aglutinaba, nuevo, en torno a sus pies. El tiempo contenía el aliento.

La voz de la eternidad, apenas audible, presagiaba el desafío.

La niña

La madre terminó de preparar la comida, y satisfecha de haber completado la tarea empezó a limpiar la cocina, que ya de por sí estaba muy limpia. Los azulejos se veían blancos y el piso reluciente. Por la ventana podía ver al grupo de chicos jugando fútbol en el campo frente a la casa.

Aún cuando ella no lo apreciara, su hija adolescente era de los mejores entre los improvisados jugadores. Un observador más objetivo podría haber notado que la niña no parecía tener miedo de lastimarse, ejecutando jugadas arriesgadas con bastante habilidad. Cuatro de los cinco goles que había anotado el equipo eran suyos. Todos los demás integrantes eran jovencitos, casi todos  mayores que ella; amigos de su hermano.

La niña empezaba a verse más como mujer; y no había manera de que la madre la convenciera de actuar con recato entre el grupo de varones que solía acompañarla.

Las vecinas creían que practicaba deporte para llamar la atención de los muchachos. La realidad es que ella buscaba el reto que presentaba jugar con rivales dignos de su esfuerzo. Se consideraba igual que los demás.

La práctica habitual del deporte empezaba marcar los músculos en sus piernas y brazos. Físicamente, su fuerza y destreza eran comparables a la los chicos, que no podían evitar reconocerlo. Por un lado, admiraban su habilidad  y por otro se esforzaban en tratarla con cierta displicencia, fingiendo que la tenían en el mismo plano que a las demás chicas. Para muchos era objeto de fantasías, pero ninguno se atrevía a mostrar la menor intención de conquista, teniéndola por inalcanzable.

El hermano era un chico como todos. Pálido, de ojos marrones, alto. Gozaba de algún grado de popularidad, tanto entre sus compañeros como con las jovencitas; y sin interés alguno respecto a las excentricidades de su hermana. Irónicamente, era ella quien lo defendía frente a otros muchachos mayores, tipos pendencieros que ocasionalmente lo acosaban; haciéndolos quedar como tontos en duelos de ingenio que ella con facilidad ganaba.

Su independencia desconcertaba a la madre. Cierto era que el sentido de justicia y el valor que solía mostrar su hija llamaban su atención, pero la mujer temía que tarde o temprano esas actitudes le acarrearan problemas.

Eran ya las seis y treinta de la tarde. La madre abrió la puerta de la cocina, y llamó a sus hijos a comer. Un rato después, ambos entraron corriendo, limpiándose rápidamente los zapatos enlodados en la alfombra a la par de la puerta.

       - ¡Me muero del hambre! Dijo la niña. ¿Qué hay de comer?
        - Pasta con salsa, como te gusta.

Al entrar, la jovencita encontró sobre la mesa dos platos; con cantidades sustancialmente diferentes de comida. Sin pensarlo mucho, y en vista del hambre que sentía,  escogió el plato con más comida y se sentó frente a él. En ese momento, la madre llamó su atención:

. ¡Ese es el lugar de tu hermano! Dijo con  una mirada implacable.

Sin decir nada más, la niña se levantó de la silla donde se había sentado,  para cambiarse al lugar donde estaba el otro plato. Comió en silencio. Sabía por experiencia que protestar no cambiaría nada.

En su mente, resentía la injusticia, pero sabía tenía a su favor muchos recursos. No sería una víctima indefensa… ¿con que querían a una criatura delicada y vulnerable, no era así? Una sonrisa socarrona se dibujó en sus labios.

Terminó su comida, y luego subió a su habitación. No quería pensar en su madre, siempre supeditada a lo que su padre dijera; ni en su hermano, quien,  aunque le demostraba simpatía, nunca asumía compromisos.

Entró al cuarto de baño, y cerró la puerta. Se quitó la ropa, y el espejo reflejó la imagen de una espléndida mujer. Allí, en su pecho se veían cicatrices de ocasiones anteriores. Tomó la hoja de afeitar, y con destreza, la hundió en su piel, mientras la sangre fluía sobre su abdomen. En ese momento, la frustración y la rabia se esfumaron, mientras el dolor distraía su mente y la hacía sentir en control, liberándola. Saturó unos algodones con alcohol y los colocó encima de la herida, sintiendo el exquisito dolor sobre su vientre.

martes, 29 de mayo de 2007

No fue un día, fueron años

Y lo más curioso es que el sentimiento sigue siendo el mismo: vivimos cada día como sólo uno más en el el paraíso. El mismo que a veces es indistinguible del infierno.
Y aquí es donde quedarán liberadas las palabras. Como la caja de Pandora.